COCO CHANEL. LA INFANCIA QUE MARCÓ UN HITO

Gabrielle fue el nombre que se le atribuyó a una joven que posteriormente establecería las reglas del buen vestir. 
Por María García Camarero



Hija de Albert Chanel y Jeanne Devolle fue la segunda hija de cinco hermanos. Desde pequeña su vida estuvo marcada por la escasez y la falta de cariño. Su madre falleció cuando era pequeña y su padre, ambulante mujeriego, renunció a cuidar de ella.

Chanel en su tienda de Deauville
Solo puede ser ella. Bajo estas pesquisas solo podríamos estar hablando de “Coco”. Un apodo singular que deja cabida a numerosas especulaciones al respecto. Algunos insistieron en que fueron sus tías las que la llamaron así, otros confiaban en el azar y los más cuerdos añadían la canción Quiqu'avu Coco? como la “culpable” de la fortuna.
Una fortuna que no vino designada por la suerte sino que se le atribuye al duro trabajo que experimentó desde que era pequeñita.

Sin embargo, antes de experimentar en sus propias manos el duro ámbito del trabajo de moda, su vida estuvo marcada por diversos desencuentros tanto familiares como personales que iban marcando la dura personalidad de la futura reina de la costura.

Se rumorea que nunca tuvo especial aprecio a su familia, aunque no se sabe exactamente los motores de su vida ya que nunca quiso escribir sus memorias. Intentó crear una especie de personaje frente a periodistas que finalmente contaran cómo fueron los pilares base de la vida de una Chanel. Siempre quiso mantener cierta incertidumbre acerca de su ya forjado carácter. Conservó a los periodistas en vilo y proporcionó diferentes trazos, unas veces correctos y otras no, para crear a Coco Chanel. No obstante, nadie sabe exactamente el carácter que tuvo la modista. Las especulaciones han sido variadas pero lo que sí se pudo demostrar es que mantuvo una infancia cuanto menos traumática y un carácter fuerte sostenido por una gran ambición y lucha por el “poder”.


Su infancia fue la clave contundente que hizo olvidar cualquier pista falsa. Fue abandonada por su padre tras morir su madre. La falta de los referentes tanto maternos como paternos provocó un carácter poderoso a prueba de bomba. Gozaba de un espíritu con gran autonomía aunque siempre tuvo que depender de sus “affaires”. Uno tras otro fueron pasando por su vida mientras ella fabricaba su futuro. Un futuro en principio incierto pero que fue tomando forma a medida que iba encontrando su único y verdadero amor.

Boy Capel, así se llamaba el “magnífico”. Un amor auténtico e indiscutible pero con final fatal. La pérdida, en este caso, caracterizó una vez más su forma de actuar pero además empezó a cosechar los primeros éxitos de un futuro cuanto menos brillante. Su pérdida hizo que alcanzara el camino adecuado. Los uniformes de mujer moderna se imponían en una sociedad que intentaba recuperarse de la guerra. Las mujeres  participaban en comunidad en tareas que las involucraban por primera vez en la vida. Adoptaban trajes cómodos y empezaban a sentirse a gusto consigo mismas.


Sus fantasías iban cobrando vida y se desfiguraban a través de nuevos bocetos que se convertían en oro. Y es que Mademoiselle Coco convertía en oro todo lo que tocaba. Enterró aquel carácter que la convirtió en una mujer solitaria mientras tejía sus triunfos.
Se podría decir que Chanel sacaba a la luz las dos caras de la moneda: por una parte mostraba esa mujer fría y calculadora mientras por las noches se alojaba en su habitación del Hotel Ritz de París y se encadenaba a la melancolía que le producía mirar hacia su pasado. La austeridad marcó la sencillez propia de su estilo que la misma Chanel resolvió bajo el lema “Se triunfa con lo que se aprende”.